Mi primer viaje a Macchu Picchu fue de crecimiento emocional. Acompañé a mi promoción de colegio a visitar las legendarias ruinas incas con muy poca motivación. Mis compañeros tenían muy poco interés en la historia o la cultura inca como para pensar en un provechoso viaje de conocimientos. Tal como los conocía estaba seguro que el viaje sería solo para escucharlos hablar tonterías y reírse de cualquier cosa que les pasara al frente. Claro también estaba la posibilidad de verlos pelearse entre ellos después de una noche dedicada a consumir bebidas alcohólicas. Aunque debo reconocer que una vez llegué a las ruinas tampoco me dediqué a escuchar al guía y estuve más interesado en llamar la atención de una francesa que me resultaba preciosa. Cosas de juventud.
Sin embargo una vez me alejé de la presencia nefasta de mis compañeros de aula tuve la suerte de encontrarme con otros compañeros de mi Centro de Estudios, se trataba de mis entrañables amigos de la sección E, nos separaban 4 letras del abecedario (yo estaba en la sección A), pero eso nunca fue obstáculo cuando se trataba de encontrarse con los verdaderos amigos. La presencia de mi amigo Pérez Tong y el gordito Iriarte nos hizo recordar que ese último año de clases habíamos formado parte de la sentimental banda del “Hombre de la chompa crema” y eso nos motivó a saludarnos con una sonrisa.
Pronto hicimos nuestro propio grupo y recorrimos las ruinas de Macchu Picchu con la confianza que te da saber que el que te acompaña te va a dar la mano si acaso tropezaras. Caminamos con calma sobre cada piedra de la ciudad sagrada. Nos detuvimos en cada terraza para observar como el viento acariciaba la piedra y ondulaba el pasto. Reímos como niños cuando Iriarte encontraba una piedra y le encontraba un significado histórico en su febril imaginación. Nos apoyamos como hermanos cuando Pérez Tong intentaba impresionar a alguna holandesa al contar la historia de los Incas. Nos organizamos como exploradores cuando quise llegar al reloj solar de la ciudadela.
Viajar en compañía de amigos es siempre mejor que viajar en compañía de lobos. Ese día lo comprobé cuando luego de un rato me crucé con Chávez, compañero de mi infortunada sección A. El excéntrico Chávez me contó que la gente de mi sección del Centro de Estudios estaba por empujar de una escalera inca a un distraído compañero. Distraje la mirada para mirar a aquellos que me habían acompañado en el viaje y observé sus carcajadas burlonas cuando empujaban y hacían quedar en ridículo a uno de mis otros compañeros. Suspiré y bajé los hombros al ver la lamentable escena. Esa era la diversión que practicaban. Cuando Chávez me invitó a reunirme con mis compañeros de aula le dije que no por el momento, ya luego volvería a encontrarlos al terminar la tarde. Prefería la compañía cálida de los amigos verdaderos.
Reflexionaba sobre la amistad cuando Pérez Tong nos gritó para contarnos que ya había encontrado el reloj solar inca. Iriarte y yo subimos varias escaleras de piedra antes de llegar con Pérez. Cuando logramos llegar al lugar nos sentimos premiados. La magnífica construcción de piedra nos impresionó. Tomamos varias fotos en ese impresionante lugar. La vista era espléndida. Los cóndores nos observaban a la distancia. Era uno de esos mágicos momentos en los que la historia nos encuentra.
Luego bajamos por las escaleras ecológicas de la ciudad perdida y comentamos lo bueno que sería encontrarnos con nuestro amigo el líder de la “Banda de la chompa crema”. El motivo de llamarnos así se debía a que Fernando J. (el hombre de la chompa crema) llegó un día a nuestro Centro de Estudios (un colegio católico) con una chirriante chompa crema. Algo que llamó la atención al encargado de la disciplina, quien lo castigó por original. Sucedía que en el colegio teníamos un uniforme oficial y no podíamos cambiar de uniforme tan alegremente. Sin embargo, ese día, el castigo de Fernando J. llamó la atención de los “distintos” del colegio. Tanto Pérez Tong, que usaba una chalina ploma, como yo que andaba con una chamarra negra nos acercamos Fernando J. para conocerlo. Al principio creíamos que los motivos de usar su chompa crema eran similares a los nuestros. Pérez Tong usaba su chalina porque siempre era propenso a enfermarse de faringitis en el clima húmedo de mi ciudad. Mi caso era similar, solo que mi mal era el de los bronquios con una constante tos que me obligaba a usar la chamarra negra encima del uniforme para abrigarme (no era porque me sintiera un rebelde sin causa). Sin embargo nuestra sorpresa fue mayúscula cuando Fernando J. nos contó que asistía con la chompa crema al colegio debido a que su enamorada se la había comprado. Todos nos quedamos sorprendidos de la revelación de Fernando J. Resultaba que él si era un héroe romántico.
Los días siguientes al primer encuentro la hermandad se fue fortaleciendo gracias a que todos nosotros sufríamos constantes castigos durante las festividades el colegio. Pérez Tong por conversador, Fernando J. por la chompa crema y yo por mi insoportable risa burlona que siempre llamaba la atención cuando alguien hacía una buena broma. A nosotros no nos castigaban por la chalina (bufanda) o por la chamarra negra ya que habíamos pedido permiso para usarlas debido a cuestiones de salud. No era el caso de Fernando J. ya que lo suyo era romanticismo puro. Luego se unió al grupo Iriarte. Nuestro nuevo miembro del club no era excéntrico como nosotros, pero era un leal amigo.
Con el paso de los meses llegamos a enterarnos más acerca de su enamorada. Ella estudiaba en el Villa María, uno de los colegios privados de mujeres más exclusivos del país, y la figura del hombre de la chompa crema creció en admiración para nosotros debido a la belleza de su enamorada. Cuando nos invitaba a las fiestas de su pareja teníamos que ir con todo nuestro dinero y cuidar los gastos puesto que nuestra economía no era tan cómoda como la del entorno de su enamorada. Igual teníamos al hombre de la chompa crema para rescatarnos en caso de faltarnos dinero. Un gran amigo.
Cuando llegó el viaje de promoción todos nos emocionamos porque, a pesar de estar en salones distintos salones, podríamos coincidir en el viaje al Cuzco. Nos organizábamos, esperando cruzarnos en algún momento del viaje, cuando el hombre de la chompa crema nos comunicó la noticia fatal. No asistiría al viaje anual de promoción por quedarse con su enamorada esa semana de vacaciones. Era tan distinto y radical que nos sorprendía siempre Fernando J. Todos nosotros hubiéramos dejado a nuestras parejas por ir al viaje de promoción, pero no el hombre de la chompa crema. Cuando se realizó el viaje nos despedimos con tristeza del hombre de la chompa crema. La banda viajó partida sin su líder.
Ya sobre las cumbres del Huayna Picchu, cerro aledaño a la ciudadela de Macchu Picchu Pérez Tong, Iriarte y yo brindamos con bebida hidratante por nuestro querido amigo. A pesar de no estar con nosotros, lo sentíamos presente en cada roca centenaria de Macchu Picchu. Reflexionamos al atardecer sobre la grandeza de nuestro amigo. Vivir el amor en su plenitud era algo que a esa edad la mayoría no estaba preparado a experimentar. Pero en ese instante en la cima de Macchu Picchu todos comprendimos que para ser mejores debíamos ser distintos. Nuestra visita turística sirvió para hacernos crecer emocionalmente. Los amigos se ayudan y apreden unos de otros.

Ya al despedirnos de las ruinas me despedí de los amigos queridos de la E y me reuní con mis compañeros de aula. Entre las últimas fotos nos tomamos varias en grupo, circunstancia que repetimos luego varias veces. Como de costumbre me puse los lentes de sol para cubrir mis ojos de la inclemencia del sol y distraer mis pensamientos en Macchu Picchu. Reflexionando sobre la importancia de ser diferente.
Foto 1 en flickr
“El mundo es un libro y quienes no viajan sólo leen una página”
(San Agustín)