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Cómo enamorarse de la Patagonia

María Ripoll
14:00h Jueves, 20 de noviembre de 2008
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Como dije, “Hacia los confines de la tierra” es el libro que me enamoró de la Patagonia y Tierra de Fuego. Cayó en mis manos en un tránsito de aeropuerto. Lo vi y en seguida me atrapó. Antes de él apenas sabía de la Patagonia que tenía al Perito Moreno y uno de los pasos marítimos más peligrosos del planeta, el Cabo de Hornos: cruzado por terribles vientos y tormentas, quien lo pasaba tenía derecho a colgarse un pendiente de la oreja.

Glaciar Perito Moreno, de Tibby Jones en Wikimedia

He de decir que cruzar este choque de oceános siempre ha sido uno de mis sueños, enfrentarse al mar salvaje, rodeado de espuma, vapuleado, con el rugido que acompaña al fin del mundo. Es, como he dicho, un sueño, y por tanto irreal, pero está detrás de que me guste tanto la escena del naufragio en la película “Tormenta blanca”, qué fuerza, mucho mejor que “La tormenta”.

Narración detallada de un asombro

Esta novela histórica de 818 páginas narra los viajes del Beagle, una embarcación de mediados del XIX, con el contralmirante de la armada británica Robert FitzRoy y el joven naturalista Darwin, a bordo. El viaje está destinado a cartografiar la costa argentina, imprecisa en los mapas del momento y falta de datos que salvaguarden la navegación. El perfeccionista FitzRoy consigue además demostrar su intuición: que había un paso entre ambos océanos que evitara el peligroso Cabo de hornos, la Tierra de Fuego, sembrada a partir de entonces de referentes nominales a este viaje. Darwin lo lanzará a la fama gracias a su “Origen de las especies”, fruto inesperado de este viaje.

La sorpresa mayúscula te la llevas cuando descubres que tienes entre manos un recorrido detallado por lo que tuvo que ser una aventura inconcebible: meterse en un navío -que además naufraga varias veces- y aparecer en un país de hielo perenne sin apenas comida ni idea de su fin. Los personajes que se encuentran, las decisiones que toman, su vida en el navío… ¿los humanos hemos sido capaces de algo así?

Cape Horn, de Jerzy Strzelecki en Wikimedia

El deseo irreprimible de conocer estas tierras te llega desde la mirada de FitzRoy y de Darwin por la ruta marítima, sus descubrimientos, la soledad que las invade, la belleza que les fascina, y que descubres como lector a la vez que ellos como testigos de privilegio. Porque la Patagonia que conocieron ya no es la misma, por supuesto. Y aunque ya nunca podré conocer a los hombres foca que narra y que son capaces de nadar desnudos en sus aguas y que me tienen tan fascinada como a Darwin y FitzRoy, estoy segura de que muchos de los asombros que guardo ahora en mi imaginación me esperan en la Patagonia. Aunque me gustaría hacerlo por mar, y una ligera marejada ya me crea mareo (¿qué haré si un día me decido a navegar el Cabo de Hornos?, he de averiguarlo…).

La novela, además, se hace eco de la profunda fuerza de las creencias religiosas en la época, para dar mayor fuerza a las primeras grietas en la mentalidad de un joven Darwin que iba para clérigo, y el rechazo que provocarán sus ideas: una inmersión vivencial en la mentalidad de la época. Ah, e indescriptibles las descripciones de sus aventuras en islas recién pobladas como las Maldivas o Nueva Zelanda.

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