Quienes viajan a Italia suelen tener claras sus preferencias: un obligado paseo por la Roma imperial (o lo que queda de ella), perderse en los palazzi emblemáticos del renacimiento en Florencia o sortear inundadas callejuelas cuando el Adriático inunda Venecia. Pero el país de la bota ofrece un millón más de posibilidades y, la mayoría de las veces, es en pequeñas poblaciones de no más de un millar de habitantes, donde se encuentran algunos de los lugares más maravillosos en el Mediterráneo.
Propongo hoy una visita a un punto acaso minúsculo, casi invisible en el mapa, pero brillante en el imaginario colectivo de los amantes del cine. Para ello habrá que viajar a Sicilia, la región que parece haber sido expulsada del país transalpino de un puntapié, a la deriva en las cálidas aguas del mar al que cantaba Serrat. Un juicio prematuro de la isla lleva a la mayoría de la gente a la inmediata percepción de Sicilia como la “cuna de la Cosa Nostra”. Tanta fama ha adquirido la organización criminal siciliana que incluso cuenta con lugares de culto para los viajeros, como el pueblo del mafioso más famoso de la ficción: don Vito Corleone.
Esta vez, sin embargo, trataremos de alejarnos del tópico. En lugar de visitar el hogar del mafioso iremos a otros lugares que forman parte de la historia del celuloide. Son Palazzo Adriano y Cefalú, situados en extremos opuestos de Palermo, pero unidos por la cámara del director Giuseppe Tornatore para formar la inolvidable Giancaldo, allí donde cada noche los vecinos acudía en procesión al Cinema Paradiso.
Estrenada en 1988, ‘Nuovo Cinema Paradiso’ (título original) acabaría ganando el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. En la retina del espectador quedará para siempre una vetusta sala de cine, en la que cabía un pueblo entero. También la plaza a la que se asomaba el viejo Alfredo, donde merodeaba aquel vagabundo medio tarado, asegurando que la plaza era suya. Los decorados ya no están, pero la plaza en la plaza de Palazzo Adriano sigue flotando la melodía de Enio Morricone.
El pueblo, al sur de la capital siciliana y con poco más de dos mil habitantes, era un escenario perfecto para la película, salvo por un detalle: no está en la costa. Para remediarlo, se le anexionó, por obra y gracia del celuloide, la playa de Cefalú, al norte de Palermo. Esta ciudad costera, a pesar del aire que ofrece en la película, representa un punto antagónico respecto a su siamesa cinematográfica. Celafú es una ciudad eminentemente turística. Allí se desplazan cada año decenas de miles de italianos para disfrutar de sus playas y, sobre todo, de sus balnearios. Aunque el turismo de sol y playa es su principal reclamo, es también una ciudad cargada de historia.
Separadas en el mapa, unidas en la pantalla. Palazzo Adriano y Cefalú son Giancaldo, un lugar mágico por el que paseará eternamente el viejo Alfredo, el pequeño Totó, y tantas imágenes imborrables.
Fuente | Tips de viajeros