Ciudades, Experiencias

San Francisco, en mi corazón

Por Alberto Alejos, en 17 de Marzo de 2008

El templo de San Francisco, lugar emblemático para todos los limeños, es uno de esos lugares entrañables que sueles conocer en la infancia y te acompañan durante toda tu vida.

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El origen de este templo se remonta a la fundación española de Lima. En ese entonces la orden de los franciscanos recibieron un solar en el centro de la ciudad. Fray Francisco de la Cruz, utilizó ese terreno para levantar una pequeña capilla que con el paso de los años, y con muchos contratiempos, llego a convertirse en Basílica menor de Lima.

El templo alberga una gran y notable colección de artistas piadosos que en su momento consagraron horas a lienzos y esculturas de inspiración religiosa. Como todo monumento religioso que perdura a través de los años, San Francisco presenta varias tradiciones, escuelas, épocas y países en sus decorados.

Dentro de los artistas más destacados tenemos a Diego de Aguilera, Francisco de Escobar, Francisco de Zurbarán y José de Ribera. También cuenta el templo con una notable colección en su biblioteca de 25000 volúmenes. El arte y el conocimiento son componentes infaltables en el templo de San Francisco.

Visitar San Francisco es una experiencia singular tanto por su colección bibliográfica como por la obras de arte que tiene. Pero no es su único atractivo. Además de la arquitectura con una fuerte presencia de lo bárroco en la capilla, el refectorio y otras zonas del templo.


Otro de los atractivos importante de San Francisco son las catacumbas. Lugar de entierro de muchos religiosos es una visita obligada que todos los limeños hacemos alguna vez en la vida.

Mi primera visita a las catacumbas fue de niño. En aquel momento mi padre estaba muy entusiasmado por llevarnos a mi hermano mayor y a mí a conocer las calaveras de las catacumbas. Mi hermano, desde pequeño muy devoto de la religión católica, estaba muy entusiasmado con el paseo. Quería ver los restos de los religioso y recorrer los pasadizos que alguna vez trajinaron los franciscanos. Mi situación era distinta. Por un lado me entusiasmaba visitar un templo tan bello y por otro lado me espantaba descender a un lugar oscuro pleno de huesos y calaveras.

Finalmente el día de la visita a San Francisco estuve muy pegado a mi madre y a mi padre mientras mi hermano se internaba en todos los túneles de las “catacumbas”. Ese día la oscuridad de las criptas al principio me dio temor, pero luego mis ojos se acostumbraron a la penumbra y pude disfrutar el paseo por los pozos de calaveras, lo intrincado del camino y las explicaciones felices de mi padre.

Recuerdo que al salir del templo, mi hermano y yo nos quedamos un rato jugando con las palomas que corrían en el patio exterior del conjunto monumental. Estábamos fascinados con el viaje reciente a la oscuridad y reposábamos de nuestras emociones observando la alegre naturaleza de las palomas. Un gran momento de mi niñez.

Esa fue la primera de muchas visitas que le hice al templo de San Francisco en mi niñez. Luego, en la adolescencia, la música y el fútbol me fueron robando el tiempo dedicado a otros paseos hasta llegar, ya en mi época de universitario, a otra visita memorable.

Nunca falta alguien que se haya demorado en conocer estas tradicionales catacumbas. Así que en aquella oportunidad recibí la emocionada de mi amigo Edgar, un estudiante de economía en la Universidad Católica de Perú, él me comentaba que había una conocido una chica que quería conocer las catacumbas.

Mi primera reacción fue de sorpresa ¿Una cita romántica en las criptas de San Francisco? Pero al parecer la chica no conocía mucho de la Lima tradicional y antigua. Su vida era más disfrutar las discotecas y playas. Que tuviera su momento de acercamiento a la cultura era una buena señal. Lo que mi amigo me pedía era que lo acompañe porque dicha chica quería ir con su hermana. Estaba solo aquel año así que acepté inmediatamente. Una nueva oportunidad de conocer al amor de mi vida.

Llegué puntual a la cita y pudo observar comer a las palomas. La tranquilidad espiritual que otorga el patio exterior de San Francisco es indescriptible. Con ánimo más calmado esperé la llegada de mi amigo con las chicas. Grande fue mi sorpresa al ver a mi cita a ciegas. Una niña de catorce años (y yo tenía más de veinte, un viejo realmente). Todos mis planes de una posterior salida nocturna se diluyeron en la decepción.

Los saludé amablemente al tiempo que fulminaba a mi amigo con una mirada asesina. Él me respondió con un cara del tipo que te dice “No lo sabía”. Como no iba a poder dedicarme a la labor de conquista la visita a las catacumbas la dediqué a escuchar con atención al guía turístico. Descubrí historias muy piadosas de algunos religiosos que descansaban en las criptas.

Por momento observaba a mi amigo afanarse con su pareja, evitando que se golpeara en las estrechas paredes de la catacumba. Era gracioso verlo moverse en lo reducido del camino. En mi caso, la escolar de 14 años era intrépida y me dejaba atrás con suma rápidez. Incluso tuvimos una interesante conversación sobre la vida de los curas que nos habían dejado sus calaveras.

Cuando ya me sumergía en los recuerdos gratos de mi niñez al observar las paredes que conocí en compañía de mis padres y hermano, escuché un grito que venía de adelante. Me asusté y avancé rápido para descubrir que la chica de mi amigo había caído en uno de los fosos de calaveras. Adiviné en el gesto de vergüenza y desesperación de mi amigo el error que había cometido. Tanto cuidar a la chica había ocasionado que la hiciera caer. Afortunadamente más había sido el susto que el daño y con la ayuda del guía la chica pudo salir del foso sin mayor inconveniente. Aunque las calaveras debe haber sufrido su peso.

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El resto del paseo fue entretenido. Sobre todo por mis arranques de carcajadas involuntarios que no podía evitar soltar. Finalmente me moderé para no molestar al guía. Al salir de las catacumbas, la niña de catorce años y yo no podíamos evitar compartir sonrisas divertidas al ver a su hermana y a mi amigo. Fue un día encantador.

Y el amor surgió porque a los días mi amigo y la chica ya eran pareja. Un nuevo milagro de los curas franciscanos.

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